LABERINTO YO'EME: EL DOCUMENTAL QUE SE PERDIÓ EN SU PROPIO LABERINTO.



Laberinto Yo’eme (2019) de Sergi Pedro Ros (Valencia, España)

Pretende exponer dos temas de manera alterna y buscando relacionarlos en ciertos momentos. Pero, a falta de fuentes concretas, profundizar en realidades y por perderse en un sensacionalismo que raya en lo histriónico en ciertos momentos del filme, no se logra ni uno ni otro. Uno de los problemas grandes del documental radica en que para los ojos del espectador no se sabe quien es quien. Los testimoniales no aparecen presentados si no de voz propia y en muy escasos momentos (los menos) titulados. ¿Esto que provoca? Para los habitantes propios de las comunidades se reconocen las personalidades que aparecen, fuera de allí y más si el director pretende llevarlo a concursos que parece ser es parte de la intención, no se sabe de quien son las voces, tanto las protagónicas del documental como las voces en off, por cierto algunas de ellas determinantes en el tema del conflicto del agua que hasta hoy permanece (2020). Al no saber que rol juegan los protagonistas, el espectador del documental, ajeno a las problemáticas reales y en extensión del pueblo Yaqui sólo piensa en "yaquis en general". Y es aquí en estas generalidades donde el problema se engrosa, al minuto 47:44 uno de los entrevistados afirma categóricamente que TODOS los yaquis son alcohólicos o drogadictos, aseveración posterior en el montaje y después de que quien lo dice ha fumado la droga a la que se conoce como foco. Al no desmentir dicha generalización, el documentalista irrumpe en una lamentable irresponsabilidad en dónde para los ojos del mundo y en voz de un yaqui, lo que se consideraría entonces un principio de autoridad por pertenecer a la etnia y tener conocimiento de causa al menos por asociación significativa queda por asentado. Dicha afirmación podría contrariarse de manera contundente al realizar un trabajo real y panorámico de la riqueza espiritual, laboral y cultural que hay en la Tribu, cosa que no sucede.

Es clara la intención de detenerse en estéticas en cámara lenta o poses dramatizadas para enriquecer la narrativa que, insistimos, no profundiza en ninguna de sus dos vertientes las que son el problema de los vicios y el problema del agua.



No logra ser un documental de crítica porque no se sumerge en la observación del fenómeno, desplegar hipótesis y contrastarlas con la realidad para evidenciar causales y abrir propuestas, que en mucho sería lo deseable quizá al modo en que ya lo han hecho documentalistas como Michael Moore. No amarra el documental de crónica humana porque no da seguimiento a ninguno de los protagonistas en mención, quizá ello le hubiera permitido documentar realidades a fondo y no verdades a medias. El trabajo se queda en un documental expositivo en el que sólo se presentan los temas, los cuales, dicho sea de paso se pierden en el propio laberinto que los creó, quizá al modo del más clásico de los laberintos en el que su constructor queda encerrado entre las paredes de los clichés de la sensiblería, el sensacionalismo que raya en amarillismo, falta de precisión y la desinformación. Para salir de un laberinto así, costará trabajo.

Es una responsabilidad muy alta mostrar a la Tribu Yaqui y más cuando debe ser en su justa dimensión.


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